AFRODITA

Es la diosa del amor erótico y la belleza, la más hermosa de las diosas en los mitos de la Antigüedad. Su origen es un tanto oscuro, según Homero era la hija de Zeus y la diosa de la lluvia Dione; según Hesiodo nació de la espuma del mar que quedó fecundada cuando Urano perdió sus genitales a manos de su hijo Crono, llegando todo este cóctel hasta las costas de Chipre, donde nació ya siendo adulta, con sus formas físicas maduras y listas para ser deseables por todos los mortales y los inmortales. Sea como fuere, gracias a su belleza fue una de las más poderosas entre las criaturas del Olimpo, no se le resistían ni los mortales ni los dioses. Aparte de todo esto, tenía un enjambre de ayudantes: las Gracias, diosas de los encantos; las Horas, diosas del orden y las estaciones; Peito, la diosa de la persuasión y la seducción; Hímero, dios del deseo desenfrenado; Poto, dios de la lujuria; Himeneo, dios de las ceremonias del matrimonio y por último, el joven Eros, que con sus flechas se contraía un amor incurable a quien alcanzara.

Como el amor erótico juega un papel fundamental en la vida de los dioses y los mortales, es por ello que Afrodita concentró gran admiración entre todos. Es más, la práctica de la prostitución religiosa en sus santuarios y templos fue frecuente en los rituales dedicados a esta diosa, patrona de las cortesanas (combinación de dama de compañía y prostituta refinada). Si se le manifestaba respeto y se le ofrecía un sacrificio, era seguro que la diosa haría realidad el deseo de su adorador, aunque dado el carácter inestable de esta diosa, esa realidad fuera efímera.

Uno de estos milagros es el que pudo saborear el escultor chipriota Pigmalión: no habiendo encontrado una mujer digna de su amor, Afrodita se apiadó de él y decidió enseñarle las delicias del amor. Inspirándose en un sueño que tuvo, decidió crear una estatua de marfil a imagen de Afrodita a la que llamó Galatea y, según la iba retocando y perfeccionando, empezó a enamorarse de la talla. Hasta tal punto era el enamoramiento y la pasión que su obra había despertado en él, que rezó a Afrodita pidiéndole que lo ayudara a lo que la diosa, tras las súplicas de Pigmalión, infundió vida a la fría estatua.

Otro de los relatos en los que Afrodita juega un papel fundamental es la historia de Adonis: su madre, Mirra, era tan bella como Afrodita y para castigar esta insolencia, la diosa condenó a la joven a tener un deseo irrefrenable por su propio padre. El padre, que lógicamente no quería una relación incestuosa con Mirra, la rechazó aunque esto solo hizo que la pasión libidinosa que la joven sentía aumentara. Para satisfacer su deseo, Mirra se disfrazó de prostituta y así pudo acostarse con su padre, quedándose embarazada. Cuando el padre advirtió la estratagema quiso matarla para limpiar la deshonra y ella entonces suplicó a los dioses que la ayudaran. Así fue, los dioses convirtieron a Mirra en el árbol que lleva su nombre; del árbol también nació un bebé, Adonis.
Paseando por allí, Afrodita descubrió al bebé y decidió adoptarlo. Confió su cuidado a Perséfone, reina del Hades, que crió al bebé hasta que alcanzó la adolescencia. Cuando Afrodita fue a reclamar a su “hijo adoptivo”, aparte de quedarse prendada de la belleza del joven, también recibió una negativa por parte de Perséfone en cuanto a devolver al muchacho. Esto provocó una primera disputa entre las dos deidades y obligó a que Zeus interviniera para dictaminar que Adonis pasaría un tercio del año con Afrodita, otro tercio con Perséfone y uno último con quien él quisiera (que indudablemente volvió a ser con Afrodita).

Durante su estancia en la tierra, Adonis se hizo gran aficionado a la caza y Afrodita lo seguía adonde quiera que fuese, aun no siendo ella cazadora por naturaleza (solo de varones). En la única ocasión en que Afrodita no acompañó a Adonis en una de estas cacerías, este resultó mortalmente herido por un jabalí (todo apunta a que fue Ares, celoso del tiempo que Afrodita pasaba con el joven). Cuando la diosa llegó a socorrerlo, Adonis ya había muerto. Desconsolada, Afrodita hizo que donde se había derramado la sangre de su amado crecieran anémonas cada año como recordatorio del amor que se profesaron. Por su parte, Perséfone quedó encantada de volver a tener a Adonis en el inframundo para siempre y esto provocó la segunda disputa con Afrodita donde Zeus, una vez más, hubo de interceder: Adonis permanecería seis meses con Afrodita y seis con Perséfone, como debió haber sido la primera vez.

En esta historia empezamos a ver que Afrodita tiene un componente de rencor y odio en sus acciones, ya hemos visto cómo se las gastó con la pobre Mirra. Incluso teniendo un papel más secundario en la historia de Eros y Psique, el odio que la diosa manifiesta por la mortal Psique, también bellísima y por ello blanco de sus celos, hace que incluso su propio hijo Eros se vea afectado: atacada por los celos, Afrodita envió a Eros a herir a Psique con una de sus flechas del amor y hacer que se enamorara del hombre más feo y desagradable de la tierra. Por el contrario, Eros se enamoró de la belleza de Psique, se hirió involuntariamente con una de sus flechas y ya la magia no se pudo deshacer. Por la envidia de las hermanas de Psique, esta faltó a la promesa que había hecho a Eros de no descubrir nunca su identidad (siempre sus encuentros se realizaban en la más absoluta oscuridad). Eros se sintió traicionado y Psique rota de dolor. Los dos seguían enamorados y por eso Psique pidió ayuda a Afrodita quien, hirviendo en rencor, le mandó hacer varios trabajos en un tiempo determinado como expiación, trabajos por otra parte imposibles de realizar para un mortal. Completó los trabajos en el tiempo establecido, en uno de ellos gracias al propio Eros, y esto enfureció más si cabe a Afrodita. Al final, Eros suplicó tanto a Zeus como a Afrodita que le dejaran unirse con su amada. Afrodita se ablandó ante los ruegos de su hijo, y así Zeus convirtió a Psique en inmortal y por fin pudieron vivir los dos amantes su amor eterno.

Otro mito, el de Narciso, deja constancia de que el odio no es sino la otra cara de la moneda del amor. Esta leyenda nos habla de un joven de gran belleza, concebido en una violación, incapaz de amar y de reconocer al prójimo, tan vanidoso era. Parece ser que fue tentado por Afrodita a contemplar su imagen en el reflejo del agua, tentación a la que no pudo resistirse, y desde que contempló su gran belleza se enamoró de su propia imagen y se alejó de toda posible relación amorosa con los demás, e incluso se olvidó de sus necesidades básicas, resultando que su cuerpo se acabó por consumir y convertir en la flor que conocemos como Narciso, una flor tan bella como maloliente.

Gracias a la obra de Homero sabemos que Afrodita tuvo mucho que ver en el conflicto que ocupó a Aqueos (griegos) y Troyanos en la guerra de Troya: unas décadas antes, en la celebración de la boda entre Peleo y la nereida Tetis, a la que asistió toda la crema y nata de la realeza de aquel tiempo (y del Olimpo también) la diosa de la discordia Eris lanzó en pleno banquete una manzana de oro como muestra de su enojo por no haber sido invitada. Tras hacer esto, lo único que dijo fue, “kalisti”, (“para la más bella”), a lo que tres de las diosas invitadas se apresuraron a recoger, sintiendo que cada una de ellas era la legítima propietaria del fruto. Estas tres diosas eran Atenea, Hera, y Afrodita. Zeus notó que la juerga de la boda se podía desbaratar y que la pelea entre las diosas era inminente y se le podía ir de las manos, así que decidió buscar un juez que imparcialmente dirimiera quién de las tres sería la agraciada con este título.

Paris, un pastor troyano que más tarde descubrió que era hijo de Príamo, rey de Troya, fue el elegido como juez en este concurso de belleza. Cuando tuvo ante sí a las tres diosas con sus mejores atuendos comenzó el juego de sobornos: Atenea le ofreció la sabiduría, Hera la felicidad conyugal y la dicha familiar. Afrodita, por último, le prometió el amor de la mujer mortal más bella del mundo. Paris no dudó un instante y Afrodita resultó elegida. Posteriormente, cuando Paris fue reconocido en su verdadera identidad como príncipe troyano, tuvo la ocasión de viajar a Esparta en misión diplomática para crear lazos comerciales con el rey espartano Menelao. La hermosísima esposa de este, Helena, fue quien lo recibió en ausencia de su marido y, ahí es donde comenzó todo: ardiendo de amor, Paris raptó a Helena y se la llevó a Troya; Menelao, por su parte, no dudó en querer recuperarla y junto con su hermano Agamenón se pusieron de camino a Troya con un gran ejército, siendo este el origen del conflicto.
Durante la guerra, Paris siguió disfrutando de la protección de Afrodita. Dado que este no era un gran guerrero, la diosa cuidaba de que los poderosos héroes griegos no hirieran a su protegido. Cada vez que Paris estaba amenazado, Afrodita le cubría con una espesa nube que le hacía invisible y posteriormente le llevaba hasta sus aposentos en el palacio del rey troyano Príamo, donde Helena aguardaba impaciente su regreso.
Su función de protectora de Paris no fue el único motivo que tuvo Afrodita para proteger a los troyanos en la batalla. Ella misma, décadas antes del conflicto, había amado a un joven troyano llamado Anquises, con el que tuvo un hijo, el pequeño Eneas. Eneas había crecido hasta convertirse en uno de los guerreros más poderosos aliados de Príamo. La diosa se preocupó en todo momento de proteger a su hijo en la batalla, cubriéndole con una nube protectora cada vez que Eneas estaba en peligro de ser herido por las armas griegas. Afrodita fue la responsable de advertir a Eneas de que Troya caería en manos de los griegos, advertencia gracias a la cual el héroe abandonó la ciudad antes de que la destruyeran, logrando salvar así su vida y la de su familia. Troya quedó reducida a escombros y de ella ya solo quedan su nombre y los poemas homéricos.

Afrodita se casó con el poco agraciado Hefesto, en parte porque Zeus no quería que hubiera un constante alboroto de dioses pidiendo la mano de una diosa de esa categoría, y en parte porque Hefesto ya le había puesto el ojo encima exigiéndola como esposa en compensación por los malos tratos recibidos durante su infancia de manos de Hera. Con el tiempo, Afrodita sentía tal repugnancia por la fealdad y deformidades de su marido, que no dudó en echarse a los brazos del apuesto Ares, iniciando los dos una relación adúltera. De esta relación nacieron, entre otros, Deimos y Fobos, Eros y Anteros, y Harmonía e Hímero.
Como tarde o temprano todas las noticias llegan a conocerse, así también este adulterio llegó a oídos de Hefesto, todo gracias a Helios, el dios del sol, que desde el firmamento ve lo que acontece a dioses y humanos. Hefesto fabricó una malla de plata que arrojó sobre los amantes cuando estaban en el pleno ejercicio de actividad fornicadora, dejándolos completamente inmóviles. Tras esto, llamó a los otros dioses para provocar la humillación de Afrodita, a lo que la diosa suplicó tanto que la liberara de ese bochorno, que Hefesto finalmente se ablandó y retiró la red bajo la promesa de que terminaran su romance, cosa que no sucedió, claro está.

Aunque a menudo se alude a Afrodita en la cultura moderna como «la diosa del amor», es importante señalar que antiguamente no se refería al amor en el sentido romántico sino erótico. Es muy probable que esta divinidad del amor tuviera influencias de alguna versión arcaica proveniente de las culturas asirio-babilónicas. Sea como sea, los griegos basaron la existencia de esta diosa en su propio mito que tiene como puntos de partida las islas de Chipre y Citera, lugares donde fue honrada de manera muy especial y desde donde su culto se extendió por el Mediterráneo llegando a la península Itálica con el nombre de Venus.

Por Marisa Sastre

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